No sé si llamar "primera cita" a nuestro primer encuentro sea adecuado, no fue nada planeado, romántico, o siquiera, agradable.
Los días que siguieron a aquella primera infidelidad fueron muy tensos; mis celos eran insoportables, mi control sobre ella era cada vez mayor, el malhumor y aburrimiento de Jhamila eran notorios... en fin, terminar era algo que parecía inevitable.
La noche del 16 de julio nos despedimos molestos y por la mañana las discusiones continuaban, sólo faltaba que se pronunciara el terrible "adios". Pero, una vez más, el destino se rió de lo evidente.
No recuerdo las circunstancias, ni sé cómo pasó, pero de pronto Jhamila me anunció decidida: "Alístate, voy a tu casa".
Al principio me lo tomé a broma (recuerden que ella había puesto un plazo de dos meses para vernos, y apenas iba menos de uno), pero cuando la escuché mentirle a su madre con un pretexto para salir, me di cuenta que esto iba muy en serio y que, ¡por fin!, estaríamos cara a cara.
Durante el camino le preguntaba el por qué y ella no paraba de evadir la respuesta, hasta que, cansada al fin, me dijo: "Tanto te quejas que no nos vemos nunca, que no tengo tiempo para ti, que ya, ya está, además, si vamos a terminar, que sea mirándonos a los ojos".
A cada minuto, mis nervios y ansiedad crecían, hasta que su silueta se dibujó tras la puerta, y al abrirse...
Yo vi a una mujer joven y muy bella, ella sólo vio un hombre viejo. Mi sorpresa y su decepción eran muy evidentes, la atmósfera se podía cortar con un cuchillo, y a pesar de eso, me acerqué y la besé. Si hasta ese momento me atraía mucho, aquel beso me terminó de enamorar de ella, fue cálido, tierno y apasionado (al mismo tiempo) y de una entrega absoluta.
No me pregunten de qué hablamos, no lo recuerdo, sólo sé que aquello parecía una lucha entre sus deseos por huir y mis ansias de retenerla. De pronto, ella se puso de pie, me abrazó y, simplemente, se marchó.
Al verla partir pensé lo peor, sentí que todo se había terminado y una profunda tristeza me invadió. Cuando estaba dudando si llamarla o no, el teléfono sonó y era ella, su tono era calmado, tranquilo, y fue entonces, sólo entonces, que me dí cuenta que a esta extraña historia de amor aun le faltaban muchos capítulos.




